Hace un año que llegué, un año desde que Dawn y yo nos
encontramos ante las puertas del castillo del corazón. Sí, sé que era del
Corazón, porque era mi propio yo interior el que me impedía poder acceder a él.
Entrar y ser yo mismo el dueño de mi felicidad.
Mis pensamientos se agolpan tras mis
parpados cerrados. Oigo de fondo el sonido del agua al caer, con fuerza,
constante, relajante sonido de la naturaleza que se lleva mis ansiedades con el
flujo de la corriente que forma en el estanque. En algún punto a mi alrededor,
soy consciente de que Perdida me observa, luchando como cada día contra esa
impaciencia que la ha caracterizado siempre.
He tardado un año entero en darme
cuenta de todo lo que en su momento me atormentaba: Recuerdos que no hacían
sino torturar mi espíritu, un vacío en el pecho que no lograba llenar por más
que me esforzara en comprender las razones que me habían empujado a aquella
soledad que llegara sin previo aviso a mi vida... Y casi sepultándome a ojos
del mundo, muriendo sin que nadie se percatara de mi desaparición. Cómo una
vela que se apaga ante la más mínima brisa que entra por una ventana en pleno
día.
Un escalofrío recorre mi espalda.
Llevo mucho tiempo con el agua cubriendo la mitad de mi cuerpo, mientras la que
cae de la cascada golpea la base de mi cuello. Camino hacia la orilla, buscando
ahora con la mirada la ubicación de mi compañera. Ésta me mira con ojos
simpatizantes mientras extiendo mis alas y aleteo suavemente para desprender el
agua de mis plumas negras como la noche.
-Hoy hace un año que empezó aquella
pesadilla...- Le comento en un tono tan bajo que temo que no me haya podido
oír.
-Yo no lo llamaría pesadilla
exactamente... Infierno, purgatorio, tortura... Son sólo términos que se
emplean cuando una persona está sufriendo más de lo que puede soportar, cuando
ya su cuerpo y su alma no dan más de sí y se acaban desvaneciendo... ¿Tú te has
desvanecido, Sunset?
Sonrío. No soy sólo yo quien ha
cambiado en este año juntos. Ella también ha madurado. Comparada a aquella
chiquilla que encontrase un año atrás en los campos, al borde del bosque,
Perdida había dado un vuelco total. A menudo me sorprendía con sus reflexiones filosóficas,
como en esa ocasión. Ha sido gracias a ella que he logrado sobrevivir como
persona todo este tiempo, mi tabla de salvación cuando todo parecía torcerse y
retroceder todo cuanto había avanzado.
-Ciertamente... Aquí sigo. Más fuerte
que hace un año. Pero en aquél entonces... Todas esas cosas que me atormentaban
me dañaban de una forma atroz. No veía la luz a aquella oscuridad que me cubría
la vida.
Perdida me pone una toalla sobre la
cabeza antes de que me de cuenta y me atrae hacia ella al tiempo que empieza a
secarme lentamente el pelo. Apoya su frente contra la mía y me mira a los ojos,
con sus ojos claros como las almendras.
-En esa noche perpetua que vivías,
aún tenías una luz, ¿no es cierto?
La Luna. Sí, aún me quedaba la Luna,
un reflejo de una luz lejana que aún no podía observar directamente.
-Y te aferraste a ella.- Prosiguió.-
No renunciaste a ella. Seguiste luchando, no te rendiste. Aún cuando todo
parecía perdido, seguiste buscando la forma de no sumirte por completo en la
oscuridad de tu interior... Y lo lograste. Conseguiste superar tus sombras... Y
contigo, disipaste las mías, Sunset. Te oigo decir muchas veces que yo te salvé
a ti... Pero sabes que no es cierto... Del todo al menos. Si es cierto que yo
salvé tu Luz, tú me devolviste la mía. Eres un ángel que alumbra mis noches
oscuras.
No puedo evitar reírme al escucharla
decir eso. Tiene gracia que me diga que yo, un ángel caído de alas negras,
pueda alumbrar una noche. Siempre he creído que tengo más bien un don especial
para oscurecer días claros de sol.
-Pues entonces, tú, que no tienes
alas, no puedo considerarte ángel, Perdida...-Parece que la ha sorprendido y
entristecido mi comentario.- No me malinterpretes. Soy un ángel, y si tú, que
no eres un ángel, salvaste mi vida, solo hay una cosa que puedas ser...
Con mis manos, la atraigo hacia mí al
tiempo que la abrazo con todo el sentimiento que guardo dentro de mí.
-Sólo otro ser divino que no sea un
ángel podría haberme salvado... Una Diosa. Y tú, eres la diosa que me ha
devuelto las ganas de vivir. Y de amar.
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