lunes, 12 de marzo de 2012

Dawn y Sunset. Capítulo 7 (Final)


Hace un año que llegué, un año desde que Dawn y yo nos encontramos ante las puertas del castillo del corazón. Sí, sé que era del Corazón, porque era mi propio yo interior el que me impedía poder acceder a él. Entrar y ser yo mismo el dueño de mi felicidad.
Mis pensamientos se agolpan tras mis parpados cerrados. Oigo de fondo el sonido del agua al caer, con fuerza, constante, relajante sonido de la naturaleza que se lleva mis ansiedades con el flujo de la corriente que forma en el estanque. En algún punto a mi alrededor, soy consciente de que Perdida me observa, luchando como cada día contra esa impaciencia que la ha caracterizado siempre.
He tardado un año entero en darme cuenta de todo lo que en su momento me atormentaba: Recuerdos que no hacían sino torturar mi espíritu, un vacío en el pecho que no lograba llenar por más que me esforzara en comprender las razones que me habían empujado a aquella soledad que llegara sin previo aviso a mi vida... Y casi sepultándome a ojos del mundo, muriendo sin que nadie se percatara de mi desaparición. Cómo una vela que se apaga ante la más mínima brisa que entra por una ventana en pleno día.
Un escalofrío recorre mi espalda. Llevo mucho tiempo con el agua cubriendo la mitad de mi cuerpo, mientras la que cae de la cascada golpea la base de mi cuello. Camino hacia la orilla, buscando ahora con la mirada la ubicación de mi compañera. Ésta me mira con ojos simpatizantes mientras extiendo mis alas y aleteo suavemente para desprender el agua de mis plumas negras como la noche.
-Hoy hace un año que empezó aquella pesadilla...- Le comento en un tono tan bajo que temo que no me haya podido oír.
-Yo no lo llamaría pesadilla exactamente... Infierno, purgatorio, tortura... Son sólo términos que se emplean cuando una persona está sufriendo más de lo que puede soportar, cuando ya su cuerpo y su alma no dan más de sí y se acaban desvaneciendo... ¿Tú te has desvanecido, Sunset?
Sonrío. No soy sólo yo quien ha cambiado en este año juntos. Ella también ha madurado. Comparada a aquella chiquilla que encontrase un año atrás en los campos, al borde del bosque, Perdida había dado un vuelco total. A menudo me sorprendía con sus reflexiones filosóficas, como en esa ocasión. Ha sido gracias a ella que he logrado sobrevivir como persona todo este tiempo, mi tabla de salvación cuando todo parecía torcerse y retroceder todo cuanto había avanzado.
-Ciertamente... Aquí sigo. Más fuerte que hace un año. Pero en aquél entonces... Todas esas cosas que me atormentaban me dañaban de una forma atroz. No veía la luz a aquella oscuridad que me cubría la vida.
Perdida me pone una toalla sobre la cabeza antes de que me de cuenta y me atrae hacia ella al tiempo que empieza a secarme lentamente el pelo. Apoya su frente contra la mía y me mira a los ojos, con sus ojos claros como las almendras.
-En esa noche perpetua que vivías, aún tenías una luz, ¿no es cierto?
La Luna. Sí, aún me quedaba la Luna, un reflejo de una luz lejana que aún no podía observar directamente.
-Y te aferraste a ella.- Prosiguió.- No renunciaste a ella. Seguiste luchando, no te rendiste. Aún cuando todo parecía perdido, seguiste buscando la forma de no sumirte por completo en la oscuridad de tu interior... Y lo lograste. Conseguiste superar tus sombras... Y contigo, disipaste las mías, Sunset. Te oigo decir muchas veces que yo te salvé a ti... Pero sabes que no es cierto... Del todo al menos. Si es cierto que yo salvé tu Luz, tú me devolviste la mía. Eres un ángel que alumbra mis noches oscuras.
No puedo evitar reírme al escucharla decir eso. Tiene gracia que me diga que yo, un ángel caído de alas negras, pueda alumbrar una noche. Siempre he creído que tengo más bien un don especial para oscurecer días claros de sol.
-Pues entonces, tú, que no tienes alas, no puedo considerarte ángel, Perdida...-Parece que la ha sorprendido y entristecido mi comentario.- No me malinterpretes. Soy un ángel, y si tú, que no eres un ángel, salvaste mi vida, solo hay una cosa que puedas ser...
Con mis manos, la atraigo hacia mí al tiempo que la abrazo con todo el sentimiento que guardo dentro de mí.
-Sólo otro ser divino que no sea un ángel podría haberme salvado... Una Diosa. Y tú, eres la diosa que me ha devuelto las ganas de vivir. Y de amar.

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